¿Y más o menos cuándo viene?di Raúl Lara Molina

Llaman a la puerta. Oigo el timbre, lejano. Que se acerca rápido hacia mí, dondequiera que yo esté.
¿Quién será, si no conozco a nadie en este lugar? Viene a por mí. ¿Un vecino? ¿Alguien en busca de dinero? Lo ignoro. Y caigo de nuevo en el reposo con la infinita sonrisa, esa que aparece en la cara de un bebé mientras le lavan las pelotas. ¿Un bebé? Eso es… Un bebé. Oh, sí… Todo aquí es obscuro. Plácido, dicen como la muerte. Obscuro, como un área de descanso o el viento que atraviesa la carretera. Como la pantalla de un televisor. O el final de una interrogación.
Abro los ojos. Y ante mí, la primavera: sol.
¡Joder!
Es mi timbre. Sí. Están llamando a mi maldita puerta. A la del patio. Las puertas no se inventaron para ser sonadas, sino al contrario, el primer individuo que puso una puerta lo hizo porque no quería ser molestado. Me levanto conservando aún la pereza, dejo los libros que encima de mí también reposaban a un lado en la cama: El Tercer Reich, de Roberto Bolaño, y Poemas y Antipoemas, de Nicanor Parra, y me asomo a la ventana más cercana, la de mi habitación, pero no veo nada. No logro atisbar quién llama. Deben de ser las cinco y algo, no aún y media, pues en ese caso habría sido mi dulce alarma quien me despertara, y no el extraño que esté llamando a mi puerta.
Me calzo las zapatillas y salgo a recibir a mi invitado. Abro la puerta de casa, avanzo por el jardín y me dirijo hacia la verja exterior.
Dos mujeres de unos cuarenta años aparecen ante mí, al otro lado de la verja. Eso es lo que no debería estar ahí, pienso: lo que hacía sonar el timbre. A primera vista solo veo flores. En sus camisas. En sus peinados. En sus gafas. Estoy aún algo adormilado. Ellas, a medida que me voy acercando, me examinan a través de los huecos que conforman los hierros de la puerta con cándidas miradas y cuellos ladeados hacia la izquierda, manifestando en sus rostros un excesivo júbilo que acrecienta mi antipatía hacia todo lo que se encuentre al otro lado.
En un primer momento, echo mano a las llaves en el bolsillo del pantalón para abrirles la verja. Aún no hemos cruzado palabra, pero luego me doy cuenta del libro. Entonces reculo, me arrimo al muro y es cuando las saludo:
—Muy buenas.
Cada una lleva una Biblia en la mano.
—Buenas tardes, joven —dice la mujer más cercana a la puerta.
Esbozo una sonrisa cansada mientras me apoyo de forma más cómoda en el muro. No voy a abrir, obviamente, pero presiento que no va a ser fácil. Mi mirada recae sobre la otra señora.
—Venimos a traer la palabra del Señor —continúa la rubia delantera, más vieja, y menos rubia.
Yo asiento con la cabeza. Y continúo mirando a la rubia trasera: es una señora realmente atractiva. Tiene los ojos verdes, una figura delgada, y lleva una falda corta por donde asoman unas piernas realmente bonitas.
La señora A (así la llamaré a partir de ahora, la señora que no tiene unas piernas bonitas) pasa una octavilla por un hueco de la puerta, me la hace llegar, y dice:
—Mire, lea estas preguntas.
Es una octavilla con una serie de preguntas en la portada: ¿Dios se preocupa realmente por nosotros?, ¿Guerras y sufrimiento acabarán algún día?, ¿Qué nos sucede tras la muerte?, ¿Hay esperanza para los muertos?, ¿Cómo se debe rezar para llegar a ser escuchado por Dios?, ¿Cómo encontrar la felicidad? Dentro del folletín dan respuesta a cada una de las preguntas. Cada respuesta viene acompañada por una foto: un hombre en medio de una multitud. Un niño con una herida vendada. Tumbas. Una niña que mira al cielo con una rosa en la mano. Otro hombre rezando. Una señora con un libro en la mano.
Como es natural, la octavilla está escrita en italiano. Es mi primera oportunidad:
—Tome, señora. No entiendo italiano —comento, y le devuelvo la octavilla.
—Ah, ¿y de dónde eres? —pregunta la señora B (la rubia de las piernas bonitas).
—Soy español.
—Bueno, espera, también tenemos información en español, ¡tenemos todos los idiomas! ¿Lo tienes tú? —le pregunta la señora A a la señora B.
La señora B saca un papel que me hace llegar por otro huequito de la puerta.
—Esto está en inglés —corrijo, y le devuelvo la hoja.
—Ah, perdona —dice la señora A, girándose hacia la señora B—, ¡es que ves letras raras y te confundes! —la reprende, y ambas ríen.
Veo que B tiene ya otro papel en la mano, y me lo vuelve a colar por el huequito de su lado. Esta vez es una revista, en castellano, con fecha de 1999.
—Esta sí. Es español —les informo.
Ambas me miran complacidas. Son de baja estatura. Debe ser una estampa simpática para una cuarta persona que nos vea, pienso. Y en ese momento me acuerdo de mis queridos vecinos. Y miro alrededor. Y ninguno está asomado. Me los imagino escondidos, sentados en el suelo del salón, agarrados a la cortina, suspirando con la mano en el corazón, pensando en que bien podrían haber sido ellos.
Siento que la situación es extraña. Normalmente hubiera sabido huir de este tipo de cosas. Pero ahora me parece algo incluso entrañable. Se me ha pasado el mal humor. Así que, ¿por qué no?
Cuando me quiero dar cuenta la señora A ha comenzado a dar un sermón, o a recitar, o a impartir, o como quiera que se diga. Yo entonces miro hacia abajo, como quien escucha con atención, mientras ella lee de la pequeña Biblia con cremallera que sujeta entre las manos.
Está hablando de algo que me es familiar, de que el poder lo ocupan los mentirosos y los ladrones, y que los pueblos pasan hambre y que el justo queda sometido mientras los malvados quedan victoriosos.
—¿Le suena de algo? —me pregunta la señora A. Yo le respondo que sí. Y la señora A me aclara—; son los últimos días, están llegando.
Contraigo los labios, levanto la cabeza y arqueo las cejas haciendo ver mis cinco arrugas de la frente, pero no digo nada. Y pienso: ¡mira tú qué bien!, y yo buscando trabajo.
—Estamos avisando a la gente —continúa diciendo la señora A—: tratando de hacerles llegar las palabras del Señor, para que vuelvan a leer la Biblia. Damos ayuda para que sepan interpretar sus palabras, porque ahí encontrarán todas las respuestas a los problemas de ahora. Y para que en estos días, los últimos, sean fuertes y firmes, y hagan caso a las leyes del Señor, porque si les hacen caso, los justos quedarán.
—¿Cómo que quedarán? —pregunto.
—Los demás serán juzgados, para eso viene el Señor —responde la señora A.
—¿Y más o menos cuándo viene?
—Pronto, están llegando.
—¡¿Cómo que están llegando?!
—Sí, los últimos días…—responden ambas, al unísono.
—Ah, los días…—Entiendo, y añado, con un tono estúpido y jocoso—: Vamos a quedar poquitos, eh… —Y sonrío, en busca de complicidad. Y de inmediato me sorprendo al incluirme entre los salvados.
Las señoras A y B se han dado cuenta también de mi frase y de mi sorpresa al creerme entre los supervivientes.
—¿De qué religión eres? —preguntan.
Noto cómo están venciendo y temo que en cualquier momento la puerta se abra sola. En un acto milagroso.
—Católico, soy católico —respondo, casi justificándome. Y durante unos instantes me bloqueo, ante la noticia: es la primera vez que confeso una fe, sea o no verdadera. (Admito que es muy curioso el nacimiento de algunas de mis afirmaciones. Recuerdo que a la única persona que a día de hoy le he respondido con un “soy escritor” ha sido a mi dentista, cuando una mañana en la consulta me preguntó a qué me dedicaba, ya dispuesto con sus utensilios en la mano.)
—¿Conoces el rezo del Padre Nuestro? —me pregunta la señora A.
—Bueno, sí, lo cantaba de pequeño —respondo.
—¿Lo cantabas?
Noto que la señora B sonríe, y le devuelvo la sonrisa. Hay una pausa. Los tres nos miramos.
—Estamos orientando a la gente, si quieres, podemos pasar y celebrar una primera reunión de orientación en tu casa —dice la señora A.
—Lo siento, pero no es mi casa. No tengo el poder para dejar pasar a nadie. Esta mañana ha venido un señor a leer el contador del agua y tampoco le he abierto.
—Eres un invitado —dice la señora B.
—Sí —respondo, y añado—: he venido a Italia buscando trabajo. En España está la cosa fatal. Y estoy quedándome aquí, en casa de una amiga.
La señora B entonces mira a la señora A, un tanto excitada, le brillan los ojos, y le dice de buscar algo en la Biblia. Le da un nombre y un número. Luego se queda mirándome. (En todo momento, una de las dos señoras me está siempre mirando, cerciorándose de que aún sigo ahí. Como si temieran que las fuera a abandonar en pos de un lugar mejor.)
La señora A, tras unos segundos de vacilación encuentra lo que busca, y empieza a leer algo sobre hipotecas, esclavos, casas hechas de barro y de viñedos, y de gente que comerá el pan que produzca. La señora B acompaña la lectura de la señora A haciendo gestos con las manos. Señala mi huerto, luego a mí y luego busca en mis ojos una complicidad. Me recuerda a mi profesora de instituto. Yo respondo con una media sonrisa y miro de nuevo hacia abajo, para escuchar con más atención el discurso de la señora A, que continúa leyendo… ¿Si no me interesa lo que dice por qué no la mando a tomar viento?, me pregunto. ¿O es que me interesa? No es educación… Hay algo en mí, que desea a toda costa vivir este momento, por incómodo que sea. ¿Pero el qué? ¿Fe? ¿Espíritu periodístico? ¿Me están convirtiendo? ¿A qué?
En este instante me doy cuenta de que los huecos por los que nos miramos y a través de los cuales estamos conversando la señora A, la señora B y yo —o reunión, tal como dijo la señora A—, tienen forma de cruz, es decir, que toda la puerta exterior de mi casa está formada por cruces de hierro negro entrelazadas. Intento imaginar la puerta de un confesionario, y visualizo esta situación, y la de una iglesia vacía, y sentencio que ambas puertas en nada se parecen ni tampoco las situaciones.
—¿Se supone que ese eres tú, no? —me pregunta la señora B, señalando los nombres que aparecen en el portero de la casa. Se ha dado cuenta de que vivo aquí. De que me comunico sin problemas en su idioma, y de que antes les mentí. También, de que estoy interesado en lo que tengan que decir.
—Sí. Estos de aquí son mis dos apellidos: primero el de mi padre, luego el de mi madre. En España tenemos dos. El nombre aquí no aparece.
La señora B se acerca aún más a la reja y lee con atención mis apellidos. Siento su perfume. Luego me pregunta cómo me llamo. Yo le respondo. Y a continuación saca un papelito y apunta algo, mi nombre, supongo. Luego saca otro papel más y me lo pasa por la puerta. Aprovecho para tocarle suavemente la mano.
—Estos son los horarios de nuestras reuniones —dice—, mira. Espera que rectifique el horario que está mal. Ya. A las cuatro. Todos los domingos y jueves desde las cuatro, estamos en esa dirección.
—¿Y siempre están las dos? —pregunto a la señora B.
—Claro. Bueno, ¡y quien quiera venir! —responden una vez más al unísono, levantando la voz, entre risas.
—Pues les deseo que tengan mucha suerte predicando la llegada de los últimos días —les digo.
Mi tono es sereno, mi sonrisa verdadera, como mi augurio. Realmente creo en ello y en la hazaña. La señora B, supongo que para despedirnos, le da a continuación a la señora A otro nombre y otro número, y esta repite actos y comienza otra lectura.
La señora B me sonríe.
Yo bajo la mirada.
Me doy cuenta entonces de que lo que realmente he visto cada vez que he bajado la mirada para seguir las lecturas, son las piernas de la señora B: unas piernas realmente hermosas y bronceadas, que me anuncian como el canto de los pájaros, la llegada de los primeros días de primavera.
Cuando la señora A termina su última lectura nos saludamos y nos deseamos suerte. Les aseguro que pasaré por la reunión el próximo domingo y ellas responden que allí estarán. Y entonces me vuelven a saludar, satisfechas, y desaparecen calle arriba entre los muros de mi jardín. Ellas con sus Biblias en la mano, yo con la revista de hace catorce años.