Fronterasdi Pablo Matilla

En esta casa ya no se entra por la puerta principal, ese es un privilegio de otros lugares. En esta casa, donde tres hombres comen naranjas con avidez, sentados sobre un suelo de baldosas rotas, tierra y cristales, cualquier brecha o agujero puede ser utilizado como entrada. Por eso, cargados con bolsas llenas de naranjas, han entrado por lo que alguna vez fue la ventana de un salón.
Hace poco que han llegado, pero el olor a fruta madura, dulce y pegajoso, ya inunda todos los muros de la casa. Y esto a pesar de que aquí la diferencia entre dentro y fuera ha perdido sentido, las ventanas no tienen cristales —y, si los tienen, son solo pequeños triángulos rotos, aristas que molestan al viento y lo hacen ulular—, las paredes tienen agujeros por donde puede pasar un hombre robusto, el tejado va desnudándose despacio, como si alguien fuera a encontrar sugerente su lentitud. De que esta diferencia, por otro lado capital para una casa decente, ya no existe en este lugar, es prueba la lluvia, que llena la casa de goteras y sonidos. 
Los tres hombres que ahora comen naranjas —con impaciencia: las pelan con las uñas y las muerden como si fueran manzanas, sin separar los gajos— odian los días de lluvia, porque la casa, como si cualquier cariño o habitante le sirviera, recoge en sus ventanas el viento y la humedad y termina por construir una intemperie de madera y ladrillos. Por eso, tal vez en un último intento por recuperar lo que algún día fue, la casa conserva el olor de las naranjas, de la fruta casi podrida y abierta ahora obscenamente sobre las baldosas rotas. Hay pieles y gajos y un rumor de tren —un temblor minúsculo que viene por el suelo— que termina en los tres hombres satisfechos, saciados y de alguna manera limpios, a pesar de la ropa sucia, húmeda de sudor y rota en los codos y las rodillas: andrajos que se confunden con la propia piel.

Los hombres se miran al terminar las palmas de las manos y las uñas blanquísimas. Contemplan —en silencio, tras el estruendo de la masticación— los restos de naranja, pequeños hilos entre las uñas y la carne, los surcos de las gotas en las palmas. Absorben como si fueran sabios este momento en el que, por fin, no existe el hambre. Ese instante justo en el que la casa parece una casa y están a punto de dormirse, repletos, y pueden incluso soñar que al levantarse, dentro de muchas horas, aunque llueva y haga frío, saldrán por la puerta principal.


Questo racconto è stato pubblicato per la prima volta nella raccolta La sabiduría de quebrar huesos, Témenos Edicions, Barcellona 2017.

Pablo Matilla
Classe 1986 (Mieres, Asturie), è scrittore, docente di scrittura creativa e laureato in Filosofia presso l’Università di Barcellona. Nel 2013, con il suo racconto Los que huyen ha vinto il premio dell’Associazione Culturale Energheia (Matera, Italia). Ha pubblicato il libro di racconti La sabiduría de quebrar huesos (2017), che è stato selezionato come finalista del premio Setenil per il miglior libro di racconti pubblicato in Spagna. È stato anche finalista del premio Tigre Juan, dedicato alle opere di autori emergenti. Nel 2023 ha pubblicato il romanzo Barrancos.