El encargodi Marcos Pablo Speranza

“Paro cardiorrespiratorio como consecuencia de un disparo de bala”.
Eso constaba en el certificado de defunción que el mismo cuerpo portaría en sus manos como responsable de su propio destino, si no fuese indispensable para cualquier cadáver, y él no era la excepción, ser transportado en un ataúd, más en este caso que debía cruzar la frontera paraguaya.
El cajón no era un poliedro de ocho lados estilo clásico, féretro, sino un prisma cuadrangular sencillo, con el diploma de muerto rubricado y encintado a la tapa en la que irradiaba el sol de la siesta.
Apenas lustrada la madera, a simple vista podría suponerse que se trataba de un recipiente para transportar herramientas, ropa, frutas o cualquier objeto que cupiese en aproximadamente un metro cúbico, aunque para esos fines resultaría más adecuado utilizar un maletín o bolso.
Pero no había frutas ni herramientas dentro, aunque sí algo de ropa vistiendo el cuerpo de lo que otrora fue una persona en mayor o menor medida saludable.
Por qué lo traían a Argentina si nadie allí lo había reclamado, y por qué se encontraba en este momento asoleándose en la triple frontera, en vez de haber sido sepultado en Paraguay, se podría explicar por una serie de razones que no valía la pena enumerar, aunque sí la huelga general paraguaya y especialmente la precariedad de las instituciones sudamericanas.
El último responsable del cuerpo resultó este señor José, quien por novecientos mil guaraníes había aceptado retirar la caja desde un depósito que no visitaba por primera vez y cruzarla hasta el cementerio de Puerto Iguazú. Analfabeto, no sonso, sabía que no portaba poca cosa en la cajuela, pero también que al encargo se lo había pedido el Puma, el mismo comisario que otras veces le encomendó llevar paquetes de todo tipo, tamaño y color, a puestos de gendarmería y domicilios de ciudades aledañas.
Pero a José no le interesaba y tenía poco que perder. Se le pagaba relativamente bien, y los mandantes gozaban de la ilusión (fugaz) de tener todos los cabos atados.
Motivo de la entrada a Argentina: “turismo”. Su formulario ya estaba visado y el documento devuelto. Podía continuar su ruta.
Sin embargo, un gendarme de apellido Ramírez, caminó hasta la camioneta por mera curiosidad. Se subió a la cajuela haciendo pie en el paragolpes trasero.
– Esta vez se le fue la mano, me parece – acotó.
Se acercó al papel para leer.
– ¡Tino! – gritó entre carcajadas. – ¡Tino! Vení a ver lo que mandó el Puma.
Llegó Tino, menos efusivo.
– ¡Noooo! – se sonrió y de un salto subió a la camioneta. – Saquenlé el certificado de muerto al menos – agregó.
– Yo no toco los paquetes señor – respondió José.
– Te lo saco yo, no jodás – acotó Tino. Lo despegó, lo plegó en dos partes y se lo metió a José en el bolsillo de la camisa. – Si no querés tocarlo de nuevo, pedí que te lo saquen del bolsillo.
– ¿A dónde lo llevás? – interrumpió Ramírez.
– Al cementerio de Puerto Iguazú, señor. – respondió José.
– ¿Lo van a enterrar ahí?
– No lo sé, señor. Yo llevo y entrego.
– ¿A Udriel lo entregás?
– Sí, señor, a Udriel.
– Decile que va a tener que mandar algo para el puesto él también, o que hable con el Puma. Esto cuesta el triple. Es más, – hizo una pausa antes de seguir. – A ver, esperá, porque si no esto es para quilombo.
El gendarme agarró su teléfono móvil, marcó y habló.
– Jefe, ¿qué tal? Ramírez del puesto cuatro. Perdone que lo joda. Acá el Puma mandó a José en la chata con un fiambre para el cementerio. – Se rio a carcajadas de nuevo. Luego continuó – Sí, sí, lo mandó encajonado, no se ve nada. Pero me parece que vamos a tener que escoltarlo. Mando uno o dos pibes si querés por las dudas, para que no hinchen las pelotas, ¿te parece?
Siguió: – Dale. Okay. Vos andá avisandolé al Puma que esto sale más caro eh… Perfecto. Abrazo. – Agregó antes de colgar, e inmediatamente hizo otra llamada desde el handy.
– Galo.
– Afirmativo – se escuchó del otro lado.
– Acérquese al puesto cuatro, traiga algún otro compañero que esté desocupado para dar una mano acá.
– Recibido, suboficial. ¿Algo más?
– Negativo. Fuera.
– Escuchame – aclaró el gendarme ya sin el handy, mirando al mandatario. – Te acompañan los muchachos nuestros. Galo y algún otro. Si no hay, vas vos Tino – dijo mirando al otro uniformado. – Después que dejés el paquete los traés de nuevo acá – agregó. – ¿Entendiste, José?
– Sí, señor, volvemos – respondió el chofer, quien a los pocos minutos ya estaba en ruta del lado argentino.
José no era partidario de correrse a un plan original, pero entendía que esta vez la presencia de “los muchachos” del lado argentino convenía. Sabía que la ilusión de los cabos atados nunca es universal ni permanente. Jamás ha sido así ni lo será.
Galo viajaba en el asiento de acompañante con la ventanilla baja, y el otro gendarme cuyo nombre desconocemos iba sentado sobre el cajón de madera lo poco que permitía la Ford ochenta y siete rebotando en los caminos de tierra. Dentro de la camioneta, el calor asfixiaba especialmente en el último tramo, como ocurre junto a cualquier chapa gruesa que lleva dos horas al sol, astro que, si no parte la tierra por estas latitudes, es sólo debido a los chaparrones casi diarios, que se encargan de humedecer y ensuciar las cosas con agua de lluvia y polvillo color óxido de hierro, respectivamente.
Udriel, mientras tanto, ya avisado aguardaba el cuerpo para terminar de tapar una fosa común de varios nichos impagos.
Al anochecer recibió el envío y lo ayudó a bajar sobre un carro de dos ejes que remolcaba una moto. En el centro del cementerio, se despidió de los tres.
José le señaló el bolsillo de su propia camisa.
– ¿Qué tenés? – preguntó Udriel.
– Un papel que venía con el cajón, señor. Es suyo también.
– ¡Para qué manda esto el Puma! – comentó Udriel. Cuando terminó de desplegarlo sonrió. – Decile al Puma que haga bien las cosas. Esto no sirve para un carajo acá.
– “Paro cardiorrespiratorio como consecuencia de un disparo de bala” – releyó irónico. – Qué se le dio delirio de médico ahora. Con la firma de él al lado encima. Querrá que lo velemos también. – Soltó una carcajada y los gendarmes lo siguieron. José no.
– A la gendarmería también le pareció raro – acotó José.
– Pero claro que es raro.
A Udriel pareció incomodarle la indiferencia del chofer.
– ¿Pasa algo José? – agregó – ¿Te parece que está bien? ¿que hace falta este papelito?
– No lo sé, señor, pero si el médico dijo que ha muerto de bala, es porque ha muerto así.
– Pero si vos no sabés leer José.
– Sí, señor. Tiene razón, soy analfabeto. Pero lo escuché a usted leer en voz alta. Ese mensaje no era para mí.
– Me parece bien, que me escuches. Porque si te digo ahora también que “de bala” como vos decís, solo de bala, la gente no se muere, es porque es así. Acá dice un “paro cardiorrespiratorio como consecuencia de un disparo de bala”. ¿Entendés? Se murió porque dejó de respirar o capaz se desangró, no sé. Pero a esa altura ya la bala no tiene nada que ver. ¿Te das cuenta?
– Está equivocado, señor – respondió José, como sintiendo una verdadera necesidad de pronunciarse, sin ganas de hablar.
– ¿Me estás discutiendo por lo que vos creés que dice este papel, que no sirve para un carajo y que además no leíste? – preguntó Udriel.
– No, señor, no le estoy discutiendo eso. Está bien lo que usted piensa, y no es por lo que haya puesto el médico. Está equivocado usted por insistir explicando algo que no me interesa ni estaba destinado para mí.
– Tenés razón, José. ¡Qué tengo que estar perdiendo el tiempo con vos y con el Puma que encima esto no me lo pagó todavía!
– Muchas gracias, señor – agregó José, con genuino gesto de satisfacción. Verdaderamente no le interesaban las preguntas, los comentarios y las respuestas cuando él mismo no las requería.
Se hizo un breve silencio que sirvió para abrir un saludo de despedida entre los interlocutores y el vago gesto de los gendarmes mirando a Udriel.
Terminado el trabajo, regresaron al puesto fronterizo, y luego José a los suburbios de Ciudad del Este.
De camino a casa, se anotició que el comisario Saúl Villalba, más conocido como “el Puma”, había desaparecido hacía cerca de veinticuatro horas, y que ya muchos hablaban de ajuste de cuentas o secuestro.
Pero a José tampoco le inquietaba. Había cobrado el trabajo y solo dudaba si aquella voz era efectivamente la del Puma, o la de su sucesor camuflada.
La radio, al igual que el sepulturero, insistía en explicar infructuosamente algo que no le interesaba ni estaba destinado a él.
Nada había cambiado para José. En unos días recibiría el llamado de alguien que se presentaría brevemente y haría su segundo encargo. Hablaría esta vez con voz propia sin la incomodidad de estar apuntando la sien del Puma, ni escucharlo instruir – y firmar – lo que fue su destino.